13/11/13

LABERINTO EN EL BOSQUE DE CAPERUCITA


Torrentes de palabras, ríos de tinta, múltiples formas y colores (especialmente rojos)..., ha provocado a lo largo de los siglos este cuento universal. Los más diversos bosques imaginables han acogido a las más variopintas Caperucitas habidas y por haber: moralistas, inmorales, atroces, políticamente correctas, escatológicas, edulcoradas, pornográficas...

Se trata de un cuento de hadas cuya versión "clásica" actualmente más extendida es la de los hermanos Grimm y del que, sin embargo, existen múltiples versiones en buena medida desconocidas.

Bruno Bettelheim consideró que "Caperucita Roja" tenía ya un lejano antecedente en Fecunda ratis, un cuento escrito en latín en el año 1023 por Egberto de Lieja, en el que una niña vestida de rojo es encontrada en compañía de lobos. En este texto, el propio autor advierte en el primer verso que lo que os relato, lo saben contar también los campesinos igual que yo. Declarando así que la historia ya procedía de la tradición oral y que él la adaptaba como lo harían siglos más tarde Perrault o los hermanos Grimm.


Como todos los cuentos enraizados en la tradición oral, éste - tal vez más que ningún otro -, se ramifica en un laberinto inabarcable de variantes que se pierde en los anales del tiempo.
Las versiones de Perrault (siglo XXVII) o de los Grimm (siglo XXIX), son bien conocidas, pero se trata de adaptaciones hechas a la medida de la cultura "letrada" de cada época. Sin embargo, en 1951, el folclorista francés Paul Delarue, rescata y da a conocer una versión de la tradición oral campesina titulada "El cuento de la abuela". Es la primera versión oral conocida de Caperucita.
Basándose en ella, Antonio Rodríguez Almodóvar, escribe "La verdadera historia de Caperucita", ilustrada por Marc Taeger y editada en 2004 por Kalandraka. 


Se trata de un valioso acercamiento al "Cuento de la abuela" - muy anterior a Perrault y otros recopiladores/adaptadores -, donde la niña se salva por sí sola con su escatológica astucia sin que medie cazador alguno. Y conserva una riqueza de elementos simbólicos desaparecidos en las versiones más conocidas.

A partir del siglo XX, el juego de las recreaciones literarias (entre otras) de la historia de la niña y el lobo, son innumerables. Por citar algunas: las caperucitas de colores de Bruno Munari; "Confundiendo historias" de Gianni Rodari, la versión rimada de Roald Dahl en "Cuentos en verso para niños perversos"; "La Caputxeta Negra" de Carles Cano; "Caperucita en Manhatan" de Carmen Martín Gaite o "Érase veintiuna veces Caperucita Roja", donde la editorial Media Vaca recoge veintiuna historias distintas creadas por ilustradores en Japón. 
Cientos de versiones en todas las lenguas originales imaginables e infinidad de estilos de representación e ilustración, además de juguetes y otros objetos.


Pero este relato, no sólo se ha narrado, escrito, ilustrado y recreado constantemente a lo largo de la historia, también se ha analizado desde los más diversos puntos de vista a través de numerosos ensayos.
"Caperucita al desnudo" de Catherine Orenstein, publicado en castellano en 2003, es un ensayo muy recomendable en el que la autora recorre múltiples vidas del personaje situando al lector en cada uno de los contextos históricos y culturales en los que se generan las versiones. Un interesante laberinto de conexiones aferradas a los elementos clave de una historia inmortal.


Esta obra está encabezada por una cita de Charles Dickens:

"Caperucita Roja fue mi primer amor. Tenía la sensación de que, si me hubiera casado con Caperucita, habría conocido la felicidad completa."

A lo largo del espacio y el tiempo, la humanidad sigue interesándose por la peculiar historia de la niña y el lobo. Y la infancia continúa reclamando: cuéntamelo otra vez y otra vez y de otra manera, con todos los lenguajes posibles, representaciones, recreaciones...
Porque en este breve y extraño cuento de hadas se funden, allá en el fondo de nuestros particulares bosques, el ser humano y la bestia.


1 comentario:

Anónimo dijo...

¿s. XXVII Y XXIX?
¡Eso sí es perderse en los anales de los tiempos!
Salu2.